indirectas

Nunca te conté que mi mayor deseo era abrir la puerta de mi casa y que tú me esperases con el coche en marcha, para llevarme a algún sitio o para no salir de él.
Que me dijeses nada más subirme “buenas noches, buenos tardes” o lo que tocara ese día, y que después te inclinases para darme un beso que dejase sin aliento al sol, que fuera incluso capaz de calentar el invierno y cambiar el viento de dirección.
Y yo sería incapaz de dejar de moverme ya dentro, porque me pondría muy nerviosa pensando en qué harían tus manos a continuación, si subirían por mi falda o desabrocharían mi sujetador.

Y no veas como extraño aquel coche al que no pude subir, aquel en el que no estuvimos juntos los dos.

indirectas
A todos nos llega la hora
dicen.
Y se van sin hacer nada,
con la cabeza pensando en alguna chorrada,
“qué cara está la gasolina, he engordado tres kilos este verano, a ver si arreglo el fregadero que está atascado.”
Y entonces la muerte viene,
y tú no plantaste ese árbol,
ni hiciste aquel viaje
ni besaste al chico que siempre que pasabas te sonreía
ni leíste el libro del que tan bien te habían hablado.
Y al final llega el fin
para todos,
la hora maldita en la que te das cuenta de que no has vivido si no que te has limitado a existir. Esa es la única hora que hay que temer. Porque si has tenido una vida plena abrazas la muerte, y piensas “eras lo único que me faltaba por tener” y no te importa irte, porque has sido quien querías ser.